La rayuela

Una tiza, una piedra y a saltar a la pata coja. Cada barrio la llamaba de una manera.

La rayuela, las tabas, el balón duro en el campo de tierra, el patinete de rodamientos y llamar al timbre y salir corriendo.

Una tiza, una piedra y a saltar a la pata coja. Cada barrio la llamaba de una manera.

Unas piezas de metal de colores y una pelota de goma. Parecía fácil hasta que lo intentabas. ¿Sabes qué es?
Las tabas: se lanzaba la pelota y había que coger las piezas antes de que botara.

Un clavo, un martillo, una chapa y un trozo de cordel. Con eso se hacía el zumbador que giraba y zumbaba entre las manos. ¿Tú sabías hacerlo?

Tablas, rodamientos, clavos y una cuerda para girar. El freno era la zapatilla, y la cuesta del barrio, el circuito.

Sin batería, sin cargador y con los frenos en la suela de las zapatillas. Con un par de tablas y unas ruedas, cualquier cuesta del barrio era una aventura. El primer patinete sin batería de la historia.

Un palo, un poco de tierra y los cochecitos: circuito con curvas y túneles listo en un rato. La mejor pista de carreras no venía en ninguna caja.

Una tabla, dos clavos, una pinza y una goma. Con eso se fabricaba la pistola de gomas, y el primer disparo siempre iba a los dedos.

Para las ruedas de la bici y para el balón. Había que darle con fuerza.

Bolitas de colores en los radios y a pedalear para que sonaran. El tuneo de bicis de los 90 no necesitaba más.

La dinamo: la apoyabas en la rueda y encendía la luz mientras pedaleabas. Cuanto más rápido, más luz… y más te costaba subir la cuesta.

Un bolígrafo y dos minutos: reloj nuevo en la muñeca. Y siempre que alguien preguntaba la hora, la respuesta era «las carne y hueso».

El Mikasa, el balón del patio y de las pistas de fútbol sala. Pesaba, picaba y si te daba en la cara te dejaba la marca unos días.

Nuestro primer tatuaje nos lo hizo el Mikasa, gratis y en pleno recreo. Duraba unos días y todo el patio sabía cómo te lo habías hecho.

Campo de tierra, cal en el suelo y un balón que, en invierno, parecía de piedra. Parar un chut con esto era de valientes.

Duraban años, pesaban como una piedra cuando se mojaban y si te daban en la cara te dejaban el dibujo marcado. Balones de verdad.

El balón con la cámara asomando como un huevo: se acababa el partido o se seguía jugando igual. Casi siempre, lo segundo.

Sin árbitro, sin fuera de juego y el último gol ganaba. Y si el dueño del balón se enfadaba y se iba a casa, se acababa el partido.

Una pared, dos rayas de tiza y ya teníamos portería. El que chutaba fuera, iba a buscar el balón.

Canicas, peonza, aro, rayuela, pídola y fútbol en la calle. Ni por todas las tablets del mundo cambiaríamos esas tardes.

Sin wifi, sin contraseña y sin seguidores: bastaba con bajar a la calle y ya estaba toda la pandilla. ¿A qué jugabais en tu calle?

Se hacía de noche y seguíamos jugando, hasta que desde el balcón llegaba el grito que acababa con todo. Cinco minutos más nunca era una opción.

Un bordillo, los amigos y hasta que tu madre te llamaba desde el balcón. No hacía falta nada más para arreglar el mundo.

Llamar al timbre y salir corriendo antes de que abrieran. La travesura más clásica del barrio, y la vecina del segundo siempre sabía quién había sido.

Salíamos «a dar una vuelta» y acabábamos en el pueblo de al lado. Nuestros padres siguen sin saberlo, y mejor así.

Una costra no terminaba de curarse y ya estabas con la siguiente. Nuestras rodillas eran el mapa de todas las tardes en la calle.


