Caramelos envueltos de toda la vida

Coco, anís, miel, menta o fresa: los caramelos de siempre, envueltos en papel de colores y retorcidos en las puntas.
¿Tú de cuál eras?

Sugus, toffees, caramelos de violeta, bolitas de anís y los que llevaba la abuela en el bolso.

Coco, anís, miel, menta o fresa: los caramelos de siempre, envueltos en papel de colores y retorcidos en las puntas.
¿Tú de cuál eras?

Los Toffe de nata de La Asturiana. Buenísimos, pero te dejabas las muelas en cada uno.

Los caramelos con forma de gajo de naranja, cubiertos de azúcar. Pegajosos, dulces y de los que se comían a puñados.

Las bolitas de anís de colores en biberones y muñecos de plástico. Las últimas siempre se quedaban atascadas en el fondo.

Los dispensadores PEZ de Disney: echabas la cabeza hacia atrás y salía un caramelo. Más que la golosina, queríamos el muñeco.

Las canicas de caramelo de Fiesta, a diez pesetas. Parecían canicas de verdad, pero esas sí te las podías comer.

«¡Hay Sugus para todos!», decía el anuncio. Lo que nunca hubo fue acuerdo sobre cuál era el mejor.
¿Cuál era tu Sugus favorito?

Los caramelos Cuba-Libre de Gerio, con su envoltorio dorado y marrón. Sin una gota de alcohol, aunque el nombre diera que pensar.

Los caramelos Drácula, con el vampiro dibujado en su envoltorio rojo y blanco. De los que se compraban a puñados en el kiosco.

Las naranjas de caramelo, envueltas en celofán con su lazo verde. Más bonitas que una naranja de verdad y bastante más dulces.

«Un agujero rodeado de buen caramelo»: así se presentaban los Chimos, en su tubo de cinco sabores.

Los toffees de nata de Logroño, en su papel dorado y rojo. Se pegaban a los dientes, pero eso era parte de la gracia.

Los caramelos Barrilete de nata y fresa, con su niño dentro de un barril. Masticables y de los que se pegaban un poco a los dientes.

Mmm, aquel sabor a anís. Las bolitas de colores que se comían a puñados y se te quedaban entre los dientes.

Los caramelos PEZ, en su paquete de rayas para recargar el dispensador. Todo un clásico de nuestra Generación VHS.

Los caramelos de violeta, con forma de flor y ese sabor que no se parece a ningún otro. O te encantaban o no podías ni olerlos.

¡Anda que no estaban buenas! La naranja de caramelo de Gerio, envuelta en celofán con su lazo.

Los caramelos de nata Snipe, en su envoltorio azul y plateado. Uno detrás de otro, y siempre alguno en el bolsillo del abrigo.

Los Palotes de fresa, a cinco pesetas. Buenísimos, pero se te quedaban pegados en las muelas como un empaste.

El rollito de pastillas de colores, envuelto en papel transparente. Nuestras primeras pastillas... de mentira.

Las pastillas Juanola, diminutas y negras, en su cajita roja. Contra la tos, decía la caja; nosotros nos las tomábamos como si fueran caramelos.
Antes de las chucherías de colores, el caramelo de toda la vida reinaba en casas, bolsos y bolsillos. Los había envueltos en papel retorcido por las puntas, en tubos con varios sabores, masticables que se pegaban a los dientes y duros que duraban media tarde. Cada familia tenía su favorito y casi siempre había uno guardado para los viajes en coche.
Esta galería reúne caramelos que se compraban en el kiosco, en la farmacia o en la feria: desde los toffees de nata hasta las pastillas para la tos que comíamos como si fueran golosinas. Algunos sabores, como la violeta o el anís, dividían a la gente en dos bandos que todavía hoy siguen sin ponerse de acuerdo.


