La puerta forrada

Forrada de escay, con sus botones y su cerrojo. En muchas casas era la puerta de entrada.

La puerta forrada, el colgador de llaves, la estufa de butano, la máquina de coser y el papel El Elefante.

Forrada de escay, con sus botones y su cerrojo. En muchas casas era la puerta de entrada.

Verde, de chapa y con su mirilla. Las puertas de los pisos de antes eran casi todas iguales.

La postal de la ciudad, el termómetro y todas las llaves de casa colgando. No faltaba en ningún recibidor.

Una foto enmarcada, una llave dorada de adorno y las de verdad colgando debajo. Cada casa tenía el suyo.

Una postal y todas las llaves colgando, cada una con su llavero.

Redondo, de porcelana y con su palanca. En casa de los abuelos todavía queda alguno.

Las resistencias al rojo y toda la familia alrededor. Calentaba las piernas y poco más.

La estufa de butano con su bombona dentro. Se movía de habitación en habitación.

De plástico, de colores y con forma de carrete. Estaba en la cocina, en el baño y en la terraza.

Se compraba con mucha ilusión y acababa de perchero en la terraza.

La máquina de coser de pedal sobre su mueble de madera. Ahí se arreglaba toda la ropa de la casa.

Nuestras abuelas lo usaban a menudo… y el brazo lo notaba. ¿Sabes qué es?
Una plancha de carbón: se le metían brasas dentro y los agujeros del lateral servían para que el carbón no se apagara.

Las tijeras Palmera, con su funda roja. Para muchos, las mejores tijeras que ha habido en casa, y encima duraban toda la vida.

La linterna de petaca verde, siempre en el mismo cajón y casi siempre con la pila gastada. Si además llevaba cinta aislante, era la de tu casa.

De mimbre trenzado. Las alfombras se sacaban al balcón y se les daba una buena paliza.

Una llave de metal que servía para abrir latas o dar cuerda. Hoy pocos sabrían para qué era.

Las sillas plegables de cinchas: a la playa, al campo y a la puerta de casa. Después de un rato sentado, te dejaban el dibujo marcado en las piernas.

Brazos en alto, la madeja en las manos y quieto mientras tu madre o tu abuela hacían el ovillo. Diez minutos que parecían una hora.

Las lucecitas del árbol de Navidad: preciosas colgadas y un peligro en el suelo. Quien la pisó descalzo, no la ha olvidado.

El del elefante rojo: 400 hojas y una textura que no se olvida. Duro, lo que se dice duro, era un rato.

Ibas pegando los cupones en la cartilla y, al llenarla, la cambiabas por un regalo para casa.

De red, con asa redonda y elástica. Cabía todo lo que le echaras.

De rafia, a rayas y con asas de alambre. Ibas al mercado con ella y volvías cargado.

De tela de cuadros, colgada detrás de la puerta. En muchas casas guardaba el pan o las pinzas.

Una hamaca colgada en el asiento de atrás del coche y el niño dentro, tan tranquilo. Definitivamente, eran otros tiempos.


