El primer coche eléctrico: el de choque

Tanto hablar de coches eléctricos y resulta que nosotros ya los conducíamos en las fiestas del pueblo. Eso sí, aquí lo divertido era chocar.

Para reírnos de lo que hacíamos entonces: la chancla, los coches de choque y las ocurrencias de siempre.

Tanto hablar de coches eléctricos y resulta que nosotros ya los conducíamos en las fiestas del pueblo. Eso sí, aquí lo divertido era chocar.

Mucho antes que los drones, en cada casa había un modelo de vuelo de precisión: la chancla de mamá. Alcance ilimitado y puntería de campeonato.

Nadie sabe explicar por qué, pero funciona: bajas la radio y de repente aparcas mejor. Señal inequívoca de que ya somos de otra generación.

Sofá de escay pegado a las piernas, Mazinger Z en la tele y un cucurucho de pipas. Así se pasaban las olas de calor, sin aire acondicionado y sin quejarse.

La mano bajo el sobaco, apretar con el brazo y a sonar. Un talento que se aprendía en el patio y que, por lo visto, se está perdiendo.

Guiña un ojo, luego el otro y mira cómo salta el dedo. Descubrimientos científicos de nuestra adolescencia.

En 1988 nos caíamos de la bici y no se enteraba nadie más que tu madre y la mercromina. Ahora lo contamos treinta y tantos años después.

Si hay que tatuarse algo que te haya marcado, la chancla de mamá tiene todas las papeletas. Y con dedicatoria.

Hay noches de fiestas del pueblo que terminan así: con un coche de choque aparcado en la puerta de casa y nadie que sepa explicar cómo ha llegado.

Una roca enorme en la carretera y una sola explicación posible: el Coyote ha vuelto a fallar. Seguro que el Correcaminos anda cerca.

Arreglar el bollo costaba 300 euros; las pegatinas, dos. Solución de campeones: el Coyote se ha estampado contra la puerta.

La playa de Benidorm en agosto: ni una sola toalla libre. Para encontrar sitio, había que llegar a las siete de la mañana con la sombrilla.


