Chicles Douglas

Los Douglas, en su blíster de seis, con aquel sabor intenso que duraba lo que duraba. Luego a masticar goma hasta que te dolía la mandíbula.

Los chicles, caramelos y chuches que pedías señalando con el dedo y pagabas con las vueltas del pan.

Los Douglas, en su blíster de seis, con aquel sabor intenso que duraba lo que duraba. Luego a masticar goma hasta que te dolía la mandíbula.

La lata de Rallye y su «clic, clac» al abrirla. Una vez vacía servía para guardar botones, clips y cualquier cosa.

Natillas, clorofila, regaliz, melón… Los Boomer tenían sabores para todo, y alguno bastante raro. ¿Cuántos de estos probaste?

Media vida abriendo huevos Kinder y nadie se había dado cuenta: la cápsula amarilla es la yema. ¿Tú lo sabías?

La rueda de regaliz rojo: la ibas desenrollando poco a poco para que durase más. Y más de uno todavía la compra cuando nadie mira. ¿Tú también?

Mmm, aquellos caramelos de nata: se pegaban a las muelas, pero nadie se comía solo uno.

Palotes, Chupa Chups, Sugus, nubes, regaliz y moras. Solo puedes elegir una chuche… ¿con cuál te quedas?
Solo una: ¿con cuál te quedas?

Los Cheiw de peseta, los que comprabas sueltos con las vueltas del pan. Si te acuerdas, no hace falta decir la edad.

Dos pastillitas blancas en su cajita de colores. Los Chiclets se acababan enseguida, pero el ruido de la caja al agitarla era inconfundible.

Piruleta por fuera, chicle por dentro. Chuparla despacio era para valientes; casi todos la mordíamos para llegar antes al premio.

Las pipas y los kikos de Churruca, las dos bolsas de siempre para ir al parque. ¿Tú eras más de pipas o de kikos?
¿Tú de cuál eras?

Mora roja o mora negra: el eterno debate del kiosco. Cada uno tiene la suya y no hay forma de convencerle.
¿Cuál es la tuya?

Peta Zetas, Fresquito, Cheiw, PEZ y las cintas ácidas. Elige solo uno… si te atreves.
Solo una: ¿con cuál te quedas?

Ellos tienen relojes que cuentan los pasos. Nosotros teníamos uno que te podías comer, y no duraba ni hasta el recreo.

Los dientes de vampiro del kiosco: te los ponías, hacías una foto de miedo y a los cinco minutos babeabas como un bulldog. ¿Los tuviste?

Mojar el papel, apretar fuerte y esperar sin moverte. El tatuaje del chicle nos duraba dos días, pero nos sentíamos los más rebeldes del barrio.

El toffee de nata: delicioso, pero se agarraba a las muelas como un pegamento. Hay quien todavía lo está despegando.


