La caja de tizas de colores

¿Qué es? La caja de tizas de colores. Solo el profe tenía permiso para usarla en la pizarra, y cuando nos dejaban a nosotros, era un acontecimiento.

Gomas que rompían la hoja, bolis de diez colores y la caja de tizas que solo tocaba el profe.

¿Qué es? La caja de tizas de colores. Solo el profe tenía permiso para usarla en la pizarra, y cuando nos dejaban a nosotros, era un acontecimiento.

El lado rojo borraba el lápiz. El lado azul, en teoría, borraba el boli. En la práctica, hacía un agujero en la hoja.

Azul, negro, rojo y verde en un solo boli. Y todos probamos a bajar los cuatro a la vez, a ver qué pasaba.

Diez colores en un mismo boli y la duda eterna: ¿se podían bajar dos a la vez? Quien tenía uno era el rey de la clase.

La caja de Alpino, con sus montañas, su rebeco y el misterioso mojón de 10 km. Media vida pintando y seguimos sin saber adónde llevaba ese camino.

Si la usaste, ya tienes tus añitos. La guillotina del cole imponía respeto: solo la tocaba el profe y los dedos siempre bien lejos de la cuchilla.

Letra a letra, girando la rueda y apretando el gatillo. Etiquetabas los estuches, las cintas y hasta la puerta de tu cuarto. Seguro que la usaste… y lo sabes.

Las arandelas de refuerzo: servían para que no se rompieran los agujeros de los folios del archivador. Aunque la mayoría acababan pegadas en el pupitre o en la cara del compañero. ¿Sabías lo que era?

La caja de acuarelas, con tantos colores que siempre acababas usando los mismos cuatro. Y el agua del vaso, al final, de un marrón que no venía en la caja. ¿Quién era fan de las acuarelas?

El bloc de dibujo Enri de 40 pesetas, con su espiral y su portada de lápices de colores. Las primeras láminas quedaban perfectas; las últimas, ya no tanto. ¿Tuviste uno como este?

Corazones, estrellas, casitas y aviones perfectos pasando el lápiz por dentro. Antes de los emojis, ya decorábamos los apuntes con esta regla.

El único teléfono que llevábamos a clase: el sacapuntas con su disco, su auricular y su cordón. No hacía llamadas, pero daba mucho juego.

La tabla periódica plastificada que llevábamos en la carpeta. Todos la usamos… y todos intentamos colarla en algún examen.

El lápiz con las tablas de multiplicar impresas. Oficialmente era para estudiarlas; en la práctica, la chuleta más discreta de la clase.

El Catecismo Escolar, un curso de cada color. Te lo sabías de memoria para la comunión y, algunas preguntas, todavía las recuerdas. ¿Quién lo tuvo?

Para los seguidores de Generación VHS que estudiaron latín: el Vox, el Spes y el libro de Anaya. Rosa, rosae… y las declinaciones que no se olvidan.

La silla verde del colegio y su rendija asesina: te echabas hacia atrás y se quedaba con media coleta. ¿A quién no le pasó?

Espalderas, colchoneta verde y el plinto esperando con el trampolín delante. Ni El juego del calamar daba tanto miedo como cuando el profe de gimnasia decía «¡siguiente!». Y más de uno acabó sentado encima del plinto.

Las excursiones del cole tenían su propio mapa de asientos y nadie tenía que explicarlo: los malotes al fondo, los profes delante y los que se mareaban, lo más cerca posible de la puerta. ¿Dónde te sentabas tú?

Una hoja de cuaderno, una pregunta y dos casillas. La declaración más directa de la historia, y casi siempre la llevaba un amigo.

Una moneda debajo del papel, lápiz a toda velocidad y aparecía el dibujo como por arte de magia. La de 25 pesetas del Mundial 82 quedaba de lujo.

Borrar con la goma, imprimir con la punta y actualizar con el sacapuntas. Nuestro primer ordenador no se colgaba nunca.


