La moneda de 100 pesetas

La de 100 pesetas, dorada y gordita, de las que se notaban en el bolsillo. Con una de estas en la mano, salías del kiosco con la bolsa llena. ¿Qué te comprabas tú con ella?

Lo que te comprabas con 25 pesetas, las cabinas de teléfono y las tardes en la calle hasta que te llamaban.

La de 100 pesetas, dorada y gordita, de las que se notaban en el bolsillo. Con una de estas en la mano, salías del kiosco con la bolsa llena. ¿Qué te comprabas tú con ella?

La de 200 pesetas, con sus siete lados. Con una de estas en el bolsillo te sentías rico. ¿Qué te comprabas con 200 pelas?

En los 80 se fumaba hasta en el autobús, y hoy nos parece de otro planeta. ¿Qué otras cosas de entonces serían impensables ahora?

Una señal clara de que hacía tiempo que no hacías deporte: te pones el chándal y encuentras 2.000 pesetas en el bolsillo. ¿Qué te habrías comprado con ellas?

Antes hacías cola en la cabina con las monedas preparadas. Ahora la única cabina donde nadie te molesta mientras hablas por teléfono es el baño.

Las cartas de antes: escritas a mano, con sello, y días esperando al cartero. Y guardadas atadas con un cordel. ¿Guardas alguna todavía?

Un bordillo, los amigos y hasta que tu madre te llamaba desde el balcón. No hacía falta nada más para arreglar el mundo.

Llamar al timbre y salir corriendo antes de que abrieran. La travesura más clásica del barrio, y la vecina del segundo siempre sabía quién había sido.

Se hacía de noche y seguíamos jugando, hasta que desde el balcón llegaba el grito que acababa con todo. Cinco minutos más nunca era una opción.

Salíamos «a dar una vuelta» y acabábamos en el pueblo de al lado. Nuestros padres siguen sin saberlo, y mejor así.

Una costra no terminaba de curarse y ya estabas con la siguiente. Nuestras rodillas eran el mapa de todas las tardes en la calle.

Te subías, te colgabas, te dabas la vuelta y bajabas por el otro lado. Nadie leyó nunca las instrucciones, porque no las había.

Tú empujabas, los demás se agarraban y alguno salía volando. El tiovivo de hierro del parque no perdonaba a nadie.

El toro de Osborne en lo alto de la loma: la señal de que el viaje de vacaciones iba por buen camino. ¿Cuántos contabais en cada viaje?


