Silbatos de pájaro

Los silbatos de pájaro: se llenaban de agua y al soplar trinaban como un canario.

El saco de la risa, la tinta mágica, las manos locas y los juguetitos que cabían en el bolsillo.

Los silbatos de pájaro: se llenaban de agua y al soplar trinaban como un canario.

La pelota saltadora con cuernos, de Mortadelo y Filemón. La de botes que pegamos con ella.

Las ranitas saltarinas de plástico: apretabas la cola y daban un salto. Siempre acababan debajo del sofá.

Un plato, un palo... y a disfrutar. Hacerlo girar sin que se cayera era todo un reto.

El martillo de plástico que pitaba al golpear. Tantos buenos ratos con algo tan sencillo.

Los bichos de goma pegajosos con ojos: los tirabas contra la pared y bajaban dando volteretas.

Verde, pegajoso, viscoso... y se pegaba a todo menos a donde tenía que estar. Pero nos dio muy buenos ratos.

El saco de la risa: lo apretabas y soltaba una carcajada que contagiaba a todo el que estuviera cerca.

El anillo de broma que echaba agua al apretar la pera. Que levante la mano quien mojó a alguien.

Las manos locas: pegajosas y divertidas, aunque duraban dos días.

La tinta mágica de broma: manchaba la camisa de tu amigo y al rato desaparecía. ¡Cómo nos molaba!

La pipa de soplar con la pelotita flotando. Tan sencilla y tan adictiva.

La pelota saltarina: la tirabas al suelo y no paraba nunca de botar. Hasta que se perdía debajo de un coche.

Cri, cri, cri... Las ranitas de lata que sonaban al apretarlas. Los padres acababan escondiéndolas.

El yo-yo Russell, el auténtico. ¿Alguien vio alguna vez el de cinco estrellas?

Las pulgas mágicas, que saltaban solas.

Las arañas de goma de broma. Dejarla en la almohada de tu hermana era un clásico.

La cámara de broma con payaso: influencer versión años 80.

Los dientes de vampiro de plástico. ¡Cómo nos molaban!

Polvos pica pica, bombas fétidas, tinta mágica... Cuando se gastaban bromas y nadie se enfadaba.

Gratis una mano loca por la compra de dos bolsas de Matutano. Duraba dos días, pero cómo nos gustaba.

Las marionetas de goma para el dedo: león, tiburón, mono y elefante. ¿Quién las tuvo?
No todos los juguetes venían en caja grande. Muchos de los que más recordamos costaban cuatro duros, se compraban en el kiosco o en la tienda de bromas y cabían en el bolsillo del pantalón. Su gracia estaba en lo sencillo: apretar, soplar, lanzar contra la pared o asustar a alguien de la familia.
Las bromas tenían su propio catálogo: arañas de goma, dientes de vampiro, tinta que desaparecía o anillos que echaban agua. Duraban poco, se perdían enseguida y casi siempre acababan requisados por algún adulto, pero dejaron más recuerdos que muchos juguetes caros.


