Chicles de los dibujos

David el Gnomo, Inspector Gadget, Ulises 31, Los Picapiedra... Cada serie de la tele tenía su chicle, y alguno hasta con cromos.
¿Cuáles de estos compraste?
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Boomer, Bang Bang, Cheiw, Bazooka y los chicles con los que hacíamos los globos más grandes del patio.

David el Gnomo, Inspector Gadget, Ulises 31, Los Picapiedra... Cada serie de la tele tenía su chicle, y alguno hasta con cromos.
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Bubo, de Cheiw: el caramelo que se convertía en chicle. Empezabas chupando y acababas haciendo globos.

Bang Bang de fresa y plátano: dos sabores en un solo chicle, como prometía el envoltorio. Una mezcla rara que nos encantaba.

Boomer de natillas: sí, existió. Un superchicle con sabor a postre que no dejaba indiferente a nadie.

Las botellitas de chicle sabor cola, de una peseta. Cabían cinco en la mano y duraban un suspiro.

Bubbaloo, el chicle con relleno líquido que explotaba en la boca con el primer mordisco.

Los chicles Bazooka, en su envoltorio de rayas. Duros al principio, pero con paciencia daban para globos enormes.

Una peseta por la ranura, girar la manivela y a ver de qué color salía. Los chicles de bola, grandes y duros, que costaba morder.

Los chicles Cosmos, negros y de regaliz, con su astronauta en el envoltorio. O los amabas o no los podías ni oler.

Cheiw junior de fresa: dos piezas por cinco pesetas, como ponía en el envoltorio. Un duro bien invertido.

Fresa y plátano, chocolate, lima-limón... Bang Bang sacaba un sabor nuevo cada poco y había que probarlos todos.
¿Cuál era tu Bang Bang?

Natillas, menta, regaliz, fresa ácida, melón, clorofila... Boomer tenía un sabor para cada uno.
¿Cuáles de estos probaste?
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Tubble Gum, el chicle en tubo: apretabas como si fuera pasta de dientes y salía la goma rosa.

El chicle Niña, con su envoltorio rosa y sus cromos de trajes del mundo. Un olor que reconocerías con los ojos cerrados.

Los Tico Tico de Fiesta, el chicle en rollito de colores. De los que se compraban con las vueltas del pan.

Pita Gol, el chicle que regalaba balones de reglamento si reunías la palabra premiada en los envoltorios. Si te acuerdas, ya tienes una edad.

Los pintalabios de chicle: primero te pintabas los labios como las mayores y luego te los comías.
El chicle era la golosina que más duraba, y eso en el patio del colegio tenía mucho valor. Se compraba suelto en el kiosco, de uno en uno o de dos en dos, y cada marca tenía sus fieles: los que buscaban el sabor más intenso, los que querían el envoltorio con cromo y los que solo pensaban en hacer el globo más grande sin que les explotara en la cara.
Muchos de estos chicles han desaparecido o han cambiado de nombre, pero los envoltorios siguen despertando recuerdos: el olor al abrir el papel, los sabores raros que salían cada poco y la manía de guardar el chicle masticado detrás de la oreja o debajo del pupitre para seguir después.


