Montaña de chucherías

Ositos, regaliz, nubes, moras, Palotes, Chupa Chups... La bolsa de chucherías perfecta no existe, pero esta se acerca.
¿Cuál era tu golosina favorita?

Botellas de cola, dentaduras, regaliz de todos los colores y el pica pica que te hacía toser.

Ositos, regaliz, nubes, moras, Palotes, Chupa Chups... La bolsa de chucherías perfecta no existe, pero esta se acerca.
¿Cuál era tu golosina favorita?

Las botellas de cola de gominola, verdes y marrones y con su azúcar por encima. Las sigues comiendo cada vez que puedes... y lo sabes.

Un manjar de nuestra niñez que se masticaba durante horas. Lo curioso es que en cada sitio recibía un nombre distinto.
¿Tú cómo lo llamabas?

Los chupetes de gominola, con el azúcar por fuera que se quedaba pegado en los dedos. Uno nunca era suficiente.

Stop, paso de peatones y doble sentido. Con estas gominolas rojas aprendimos más señales que en la autoescuela.

El semáforo de gominola: rojo, ámbar y verde en un palito. Nadie esperaba al verde para empezar a comérselo.

Tostarla con el mechero hasta que se doraba por fuera y quedaba blandita por dentro. Cada barrio la llamaba de una manera.
¿Tú cómo las llamabas?

El regaliz relleno, rojo y cubierto de azúcar. Reconócelo: todavía cae alguna bolsa de vez en cuando.

Las dentaduras de gominola: primero te las ponías para hacer reír a alguien y luego te las comías.

Estas nunca pasan de moda: la botella de cola de gominola, mitad verde y mitad marrón.

Aquellas barritas de gelatina rojas y transparentes. Aquí no había término medio.
¿Las amabas o las odiabas?

Los corazones de gominola de melocotón, con su azúcar por fuera. Aún los sigues comiendo... y lo sabes.

Regaliz negro y regaliz rojo, de los blanditos. Cada uno tenía su bando y pocos se pasaban al otro.
¿De cuál eras?

Las pajitas de pica pica de colores: morder la punta, echar la cabeza hacia atrás y vaciarlas de golpe. Y luego, toser.

Por fuera, caramelo duro de rayas; por dentro, polvo pica pica que salía de golpe al morderlo. Y todavía hay quien no lo ha dejado.

Los Escalofríos, pastillas efervescentes de sabores que chisporroteaban en la lengua. Su nombre lo decía todo.

Los Peta Zetas: echarte el sobre entero en la boca y escuchar cómo explotaban. Y siempre había alguien que contaba lo que pasaba si los mezclabas con refresco.
Las gominolas se compraban a peso o por unidades, señalando con el dedo los tarros del kiosco. Había formas para todos los gustos: botellas, chupetes, dentaduras, corazones o señales de tráfico, casi siempre cubiertas de azúcar para que se pegaran un poco menos. El regaliz, negro o rojo, relleno o en palo, tenía tantos nombres como barrios.
El pica pica era otra historia: polvos ácidos que chisporroteaban en la lengua y que venían en sobres, pajitas o escondidos dentro de un caramelo. Algunas de estas golosinas siguen en las tiendas y otras solo existen ya en la memoria, pero todas tienen algo en común: se comían más rápido de lo que se tardaba en elegirlas.


