El Seat 600

Pequeño, con la baca cargada y entre coches modernos. Todavía quedan algunos dando guerra.

El Seat 600 con la baca, el 127, la Vespa con toda la familia y los bares de carretera.

Pequeño, con la baca cargada y entre coches modernos. Todavía quedan algunos dando guerra.

El Seat 127 cargado para las vacaciones: maletas, bolsas, la nevera y el perro. Todo cabía, aunque nadie supiera cómo.

Un coche pequeño, de colores alegres y con el motor detrás. Un clásico de las carreteras de entonces.

El coche aparcado con los carteles pegados en el parabrisas.

El Fiat Multipla, uno de los coches más discutidos de la historia. Si alguien se lo compró, hay esperanza para todos.

Renault 4, el padre al volante, el humo del Ducados y Los Chichos en el radiocasete. Así se viajaba en verano y así hemos salido.

¿Cuántos cabíais en el coche? Siempre uno más. Las leyes de la física no se aplicaban a los coches de los amigos un sábado por la noche.

Seis en un coche de cinco y uno más en el maletero si hacía falta. El viaje a la fiesta a veces era mejor que la propia fiesta.

Padre, madre y dos críos en la misma moto, sin casco. Hoy sería impensable.

Amarilla, ligera y todoterreno: la Puch Minicross era el sueño de cualquier chaval de pueblo. Verlas salir en fila de la fábrica es para quitarse el sombrero.

Como los Land Rover antiguos: no importa el año de fabricación, sino lo bien que te conservas. Y los de nuestra generación seguimos arrancando a la primera.

Cuatro ruedas, ventanillas cuadradas y ni una línea recta. Es clavado al coche que dibujábamos en el cole, y encima funciona.

El respaldo de bolitas de madera: masaje gratis en cada viaje, marcas en la espalda en verano y el taxista que lo tenía siempre. ¿A quién te recuerda?

Aparcabas y te llevabas la radio del coche como si fuera un maletín. Al bar, al cine y hasta a casa de la suegra.

Setecientos kilómetros al pueblo, las ventanillas bajadas, el escay pegado a las piernas y el coche temblando a cien. Eso sí era calor.

La plaquita en el salpicadero con la foto de los hijos y el «Papá, no corras».

Bar restaurante a pie de carretera, coches aparcados en la explanada y el menú del día esperando. Parada obligatoria del viaje.

Una carretera nacional de doble sentido, camiones delante y la paciencia de toda la familia puesta a prueba.

Las carreteras de montaña, el camión cargado y el coche esperando para pasar. Viajar era toda una odisea.

El maletero abierto y lleno de huevos. El reparto se hacía así, con mucho cuidado.

La furgoneta del pan llegaba al pueblo y se notaba por el olor antes que por la bocina. Barras, chuscos y panecillos recién hechos para toda la calle. ¿Pasaba por tu pueblo?

Sentado en su puesto junto a la puerta, cobraba el billete y te daba la vuelta.


