La vajilla Duralex verde

La vajilla Duralex verde: no se rompía ni a propósito y estaba en todas las cocinas. La de color ámbar también cuenta. ¿Cuál había en tu casa?

La vajilla Duralex que no se rompía, la plancha de carbón y la cabaña de mantas en el salón.

La vajilla Duralex verde: no se rompía ni a propósito y estaba en todas las cocinas. La de color ámbar también cuenta. ¿Cuál había en tu casa?

Las tazas de Duralex de color ámbar sobrevivían a caídas, mudanzas y a varias generaciones. Seguro que en casa de tus padres sigue habiendo alguna.

El hornillo de dos fuegos: la cocina de la casa del pueblo, del apartamento de la playa y de más de un piso recién estrenado. Con esto se hacían cocidos y paellas para toda la familia.

¿Cuántos saben qué es esto? Una plancha de las de antes: se le metían brasas dentro y los agujeros del lateral servían para que el carbón no se apagara. Nuestras abuelas planchaban con esto… y el brazo lo notaba.

La vajilla esmaltada de borde azul, las planchas de hierro y el mortero: lo que había en cualquier cocina de nuestras abuelas. Y todo lo que tenía un golpe seguía en uso.

Azulejos de flores naranjas, muebles de madera oscura y el hule en la mesa. Aquellas cocinas de antes, donde se hacía media vida de la casa.

Papel pintado, mueble de madera y la tele presidiendo el salón. Cuando esto era todo un lujazo, se levantaba uno a cambiar de canal.

La garrafa de vino, con su funda de plástico y el corcho. Se llenaba en la bodega o la cooperativa y duraba lo que duraba en casa del abuelo. ¿Quién tenía una en la despensa?

Ahora presumen de tapones que no se separan de la botella. Las gaseosas de toda la vida ya los llevaban, con su alambre y su «plop» al abrir.

Las tijeras Palmera, con su funda roja. Para muchos, las mejores tijeras que ha habido en casa, y encima duraban toda la vida.

La linterna de petaca verde, siempre en el mismo cajón y casi siempre con la pila gastada. Si además llevaba cinta aislante, era la de tu casa.

La Thermomix de nuestras abuelas: sin programas y sin pantalla, pero con unos guisos que todavía recordamos. Y funciona sin enchufe.

Las sillas plegables de cinchas: a la playa, al campo y a la puerta de casa. Después de un rato sentado, te dejaban el dibujo marcado en las piernas.

Brazos en alto, la madeja en las manos y quieto mientras tu madre o tu abuela hacían el ovillo. Diez minutos que parecían una hora.

Las lucecitas del árbol de Navidad: preciosas colgadas y un peligro en el suelo. Quien la pisó descalzo, no la ha olvidado.

Unas mantas, cuatro sillas y un par de cojines, y el salón se convertía en un castillo. Desmontarlo para cenar era lo peor del día.

Toda la vida abriendo esa lata esperando galletas y encontrando hilos y agujas. Ahora que por fin salen galletas, es cuando nos sorprende.


