El salón con tapiz

El tapiz en la pared, el sofá de escay y los cojines de ganchillo. El salón para las visitas.

El sofá de escay, la mesa camilla, el tapiz en la pared, los cuadros de payasos y la cabaña de mantas.

El tapiz en la pared, el sofá de escay y los cojines de ganchillo. El salón para las visitas.

Marrón, de escay y con botones. Los cojines estampados encima y los flecos abajo.

Rojo, de escay y con botones. En verano se te pegaban las piernas.

Redondos, tapizados y con flecos. Por dentro guardaban de todo, desde revistas hasta juguetes.

Con su faldilla y el tapete de ganchillo encima. Debajo, el brasero.

El somier de alambre con el cabecero de hierro. Se saltaba encima hasta que te pillaban.

Se sacaba del armario cuando venían los primos. Los muelles se oían desde la otra habitación.

Azulejos estampados del suelo al techo, lavabo de pie y el espejo con sus puertas.

Mirabas por la pantallita, apretabas el botón y pasaban las fotos de la ciudad. El recuerdo de las vacaciones por excelencia.

«Te quiero papá» y «Te quiero mamá» en su soporte. El regalo que acababa en la vitrina para siempre.

Enmarcado y colgado en la habitación: la cigüeña, las rosas y la partida con los datos del bebé.

Un árbol de metal con las fotos de toda la familia colgando. Siempre en el mueble del salón.

Dos payasos enmarcados en la pared. Decoraban muchas habitaciones infantiles.

Unas mantas, cuatro sillas y un par de cojines, y el salón se convertía en un castillo. Desmontarlo para cenar era lo peor del día.

Una sábana, dos sillas y el sofá: con eso se construía la mejor casa del mundo. El problema era cuando alguien quería sentarse.

Una estantería con forma de casa llena de figuritas. En muchas casas y en alguna clase.

La estantería con forma de casa para las miniaturas. Comprada o hecha en Manualidades.


