Los coches de choque

La ficha en la mano y a buscar al primo para darle un buen golpe.

Los columpios de hierro, los coches de choque, la tómbola y la calle llena de críos.

La ficha en la mano y a buscar al primo para darle un buen golpe.

La pista, los coches de colores y la música a todo volumen.

Las luces de colores y los críos al volante. La feria era el mejor día del año.

Una locomotora roja de mentira y unos vagones pequeños. La primera atracción a la que subían los críos.

Muñecos de peluche colgados por todas partes y el feriante animando con el micrófono. Siempre tocaba un llavero.

Gafas, juguetes y flotadores colgando por todas partes. El helado de la tarde era sagrado.

Una estructura de hierro y veinte niños subidos a la vez. Así era la felicidad.

Cabeza abajo en los hierros del parque. Nadie pensaba en lo que podía pasar.

Se empujaba a mano y daba vueltas hasta marearte. Los columpios de antes no perdonaban.

De hierro, con su asiento a cada lado. Si el de enfrente se bajaba de golpe, te llevabas un buen culetazo.

Los juegos de hierro del parque, hoy oxidados entre los árboles. Ahí pasamos tardes enteras.

Hierro, gravilla y ningún suelo blando. Así eran los parques de antes, y aun así salíamos a hacer volteretas desde el columpio.

Tú empujabas, los demás se agarraban y alguno salía volando. El tiovivo de hierro del parque no perdonaba a nadie.

Te subías, te colgabas, te dabas la vuelta y bajabas por el otro lado. Nadie leyó nunca las instrucciones, porque no las había.

Alto, de metal y ardiendo en verano. Bajar por él era cosa de valientes.

El tobogán, la bici y todos los críos del barrio haciendo cola. Las tardes de parque.

Sentados en el bordillo, con la bici y sin ningún plan. Y aun así, los mejores veranos.

Una rampa, unas bicis BMX, un amigo tumbado debajo y ni un casco a la vista. Así se pasaban las tardes… y aquí seguimos para contarlo.

Sin casco, sin rodilleras y con la rueda delantera en el aire. Los caballitos de entonces eran para valientes, y aquí seguimos.

Caballito con la bici delante de casa y un coche aparcado al lado. Sin casco y sin miedo.

Cogidos de la mano, dando vueltas en el patio de tierra. Un juego que no necesitaba nada más.

Una mesa larga en mitad de la calle y todos los críos del barrio sentados. Fiesta de las de antes.

Todos los críos del barrio en fila junto al muro de piedra. Cada uno con su chándal.

Uno contra la pared, los demás agachados en fila y el resto saltando encima. Cada pueblo lo llamaba de una manera.

Agachados en fila contra la pared y los demás saltando encima. Ganaba quien aguantaba.

La calle cortada, los críos corriendo y los padres mirando. Así se jugaba antes.

Sin móviles, pero con una botella vacía en el suelo. Aburrirse no era una opción.


