La lata de Princesa de Artiach

La lata de Princesa de Artiach, con sus palmeritas de hojaldre. Cuando se acababan, la lata se quedaba en casa para guardar de todo.

La galleta María, el surtido de las visitas, la lata que acababa guardando hilos y botones.

La lata de Princesa de Artiach, con sus palmeritas de hojaldre. Cuando se acababan, la lata se quedaba en casa para guardar de todo.

La galleta María, sola, mojada en leche o con mantequilla. Un símbolo de nuestra Generación VHS que nunca faltaba en la despensa.

La caja de Fontaneda Extra Surtido, la de las visitas y las fiestas. Siempre había alguien que se comía primero las de chocolate.

Galletas mojadas en el tazón hasta que se deshacían y había que rescatarlas con la cuchara.
¿Cómo mojabas las galletas?

Las rosquillas Rio, de las que te ponías en el dedo antes de comértelas. Todos lo hicimos alguna vez.

«Ahora en España»: así se presentaban las galletas Príncipe de Beukelaer, rellenas de chocolate. Y nosotros, a separarlas para comernos primero el relleno.

«Dieciséis especialidades diferentes, para variar»: la caja de Cuétara con cada galleta y su nombre. Elegías con el dedo antes de abrirla.

La lata azul de galletas danesas. Al abrirla en casa de la abuela lo normal era encontrar hilos, agujas y botones. Las galletas, ni rastro.

Dos galletas María y en medio, chocolate o mantequilla. Aquí cada uno tenía lo suyo muy claro.
¿Chocolate o mantequilla?

Las galletas redondas con agujero y azúcar por encima, para mojar en leche o en zumo. Una merienda sencilla que nunca fallaba.

El corazón, las Risas, la integral, las de chocolate... Abrir la caja del surtido era empezar la batalla por las mejores.
¿Cuál era la mejor del surtido?

Colacao con galletas, María o Príncipe. No hay más preguntas, señoría.

Hoy para merendar, galletas de Artiach, con el nombre bien grabado en cada una.

Las galletas Marbú Dorada convertidas en muñecos con brazos y piernas que se doblaban. Quien tenía uno, lo guardaba como un tesoro.
Las galletas estaban en todas las despensas y en todas las meriendas. La María era la reina por sencilla y versátil: sola, mojada en leche, con mantequilla o con chocolate en medio. Las cajas de surtido se reservaban para las visitas y las fiestas, y abrirlas era empezar una pequeña batalla por las mejores.
Las latas merecen capítulo aparte. Una vez vacías, se quedaban en casa para siempre, convertidas en costurero, caja de fotos o lugar para guardar botones. Por eso, cuando alguien abría una lata de galletas, lo normal era llevarse una sorpresa que no tenía nada de dulce.


