Las canicas

Un puñado de canicas y un trozo de tierra: con eso bastaba para toda la tarde. La de colores bonitos nunca se jugaba, por si acaso.

Canicas, el biberón mágico, la pizarra mágica y aquellos juguetes que nos hacíamos nosotros mismos.

Un puñado de canicas y un trozo de tierra: con eso bastaba para toda la tarde. La de colores bonitos nunca se jugaba, por si acaso.

¿Quién se acuerda del biberón mágico? Lo ponías boca abajo para darle de comer al muñeco y la leche iba desapareciendo como por arte de magia. Y encima, hecho en Burjassot.

Las tablets de la Generación VHS: dos ruedas, una línea y mucha paciencia. Dibujar una curva era imposible, y para borrar bastaba con darle la vuelta y agitar.

El armario de Nancy, con sus dos puertas y sus flores, para tener toda la ropa bien colgada. Aunque la mitad de los vestidos siempre acababan tirados por el suelo.

Una lata de galletas, cientos de soldaditos de plástico y un sobre nuevo cada vez que había suelto. Nos divertíamos con tan poco… y la batalla duraba toda la tarde.

Los niños de hoy tienen móvil a los seis años. Nosotros teníamos el teléfono de Fisher-Price, con sus ojos, sus ruedas y su disco. Y no se le acababa la batería nunca.

Aquellas ranitas de plástico: les apretabas el lomo con el dedo y pegaban un salto. Las carreras de ranas del recreo eran de alta competición.

Le dabas la vuelta, lo dejabas en la mesa y a esperar. De repente, ¡plof!, pegaba un salto que te daba un susto aunque lo estuvieras viendo venir.

Frotabas el palito entre las manos y salía volando hasta el tejado del vecino. El dron de nuestra infancia, sin batería y sin mando. ¿Cuántos perdiste?

La pistola de agua de plástico, un verano entero de batallas. Y el sabor a agua tibia con plástico, que todavía nos viene a la boca.

El disco volador: en la playa, en el parque y en el patio. Casi siempre acababa en el tejado o en la toalla de alguien que no conocías.

Una peseta, el volante en la mano y a mantener el coche dentro del circuito. En el bar del pueblo había cola para probar la habilidad. ¿Quién jugó?

Fórmula 1, motos de carrera, carros de combate… Las barajas de coches se jugaban en el recreo comparando caballos y velocidad. Y siempre ganaba el mismo.

Nuestras primeras llaves: blanca, azul, amarilla y roja. No abrían ninguna puerta, pero no había forma de dejar de morderlas.

Un clavo, un martillo, una chapa y un trozo de cordel. Con eso se hacía el zumbador que giraba y zumbaba entre las manos. ¿Tú sabías hacerlo?

Tablas, rodamientos, clavos y una cuerda para girar. El freno era la zapatilla, y la cuesta del barrio, el circuito.

Sin batería, sin cargador y con los frenos en la suela de las zapatillas. Con un par de tablas y unas ruedas, cualquier cuesta del barrio era una aventura. El primer patinete sin batería de la historia.

Un palo, un poco de tierra y los cochecitos: circuito con curvas y túneles listo en un rato. La mejor pista de carreras no venía en ninguna caja.

Bolitas de colores en los radios y a pedalear para que sonaran. El tuneo de bicis de los 90 no necesitaba más.

La dinamo: la apoyabas en la rueda y encendía la luz mientras pedaleabas. Cuanto más rápido, más luz… y más te costaba subir la cuesta.

Un bolígrafo y dos minutos: reloj nuevo en la muñeca. Y siempre que alguien preguntaba la hora, la respuesta era «las carne y hueso».

Las normas de Gremlins eran bien claras: nada de agua. Y alguien ha dejado a Gizmo junto al contenedor… Como se ponga a llover, que nadie diga que no avisamos.


