La cocina de los 70

Azulejos de flores naranjas, muebles de madera oscura y el hule en la mesa. Aquellas cocinas de antes, donde se hacía media vida de la casa.

Cazuelas de flores, vajilla Duralex y Arcopal, la lechera de aluminio y la lata de galletas con hilos.

Azulejos de flores naranjas, muebles de madera oscura y el hule en la mesa. Aquellas cocinas de antes, donde se hacía media vida de la casa.

Fuegos de gas, una placa eléctrica y un horno que duraba más que el piso. Irrompible, como todo lo de antes.

Muebles azules, el fregadero y el hornillo de gas. Pequeña, pero ahí se cocinaba para toda la familia.

El hornillo de dos fuegos: la cocina de la casa del pueblo, del apartamento de la playa y de más de un piso recién estrenado. Con esto se hacían cocidos y paellas para toda la familia.

La vajilla esmaltada de borde azul, las planchas de hierro y el mortero: lo que había en cualquier cocina de nuestras abuelas. Y todo lo que tenía un golpe seguía en uso.

Esmaltadas, marrones y con flores enormes. En muchas cocinas siguen dando guerra.

El robot de cocina de nuestra generación: una olla esmaltada, fuego lento y mucha paciencia.

La Thermomix de nuestras abuelas: sin programas y sin pantalla, pero con unos guisos que todavía recordamos. Y funciona sin enchufe.

Naranja, esmaltado y con el mango largo. Para calentar la leche del desayuno.

La vajilla Duralex verde: no se rompía ni a propósito y estaba en todas las cocinas. La de color ámbar también cuenta. ¿Cuál había en tu casa?
¿Cuál había en tu casa?

Las tazas de Duralex de color ámbar sobrevivían a caídas, mudanzas y a varias generaciones. Seguro que en casa de tus padres sigue habiendo alguna.

Blanca, con sus margaritas y prácticamente irrompible. Más de uno la sigue usando a diario.

La taza y el plato con margaritas. Los desayunos de toda la vida.

La vajilla blanca octogonal con ribete rojo, los cubiertos de mango rojo y el mantelito de Disney. ¿Quién tuvo esta vajilla en casa?

De cristal, con el borde ondulado. Estaban en casi todas las cocinas.

La jarra y los vasos de aluminio, cada uno de un color. El agua salía fresquísima y siempre había pelea por el tuyo.

Con ella se iba a por la leche fresca. Tenía su tapa y su asa para no derramar ni una gota.

Blanca y verde, con su tapa que se deslizaba. El pan de cada día tenía su sitio.

Verde clarito, con tiradores metálicos y puertas para todo. El aparador de la cocina de las abuelas.

Blanco, alto y con su tirador cromado. Hacía un ruido que se oía en toda la casa.

Colgado en la pared, al lado de los fuegos. Clic, clic, y a la tercera prendía.

De aluminio, con sus asas negras y su tapa. Se usaba para enfriar o para guardar el hielo.

Marrón, con su cierre metálico y algún que otro golpe. La comida del trabajo viajaba ahí dentro.

La fiambrera de Magefesa: la abrías en la playa o en la excursión y olía a filete empanado y a tortilla. ¿Qué llevaba la tuya?

En su maletín, sin estrenar, esperando una ocasión especial que nunca llegaba.

Plegable y con ruedas. Salía cuando venían visitas y se llenaba de pastas y licores.

Toda la vida abriendo esa lata esperando galletas y encontrando hilos y agujas. Ahora que por fin salen galletas, es cuando nos sorprende.


