El libro gordo de Petete

Los fascículos de El libro gordo de Petete. ¿Quién los coleccionó?

Los Cinco, Los Hollister, El Barco de Vapor, Elige tu propia aventura y las enciclopedias de casa.

Los fascículos de El libro gordo de Petete. ¿Quién los coleccionó?

Los Cuentos Famosos y los Cuentos Azules, con aquellas ilustraciones que nos sabíamos de memoria.

El pirata Garrapata, de Juan Muñoz Martín, en El Barco de Vapor. ¿Quién se lo leyó?

Los Hollister y Los Cinco: dos pandillas de aventuras que llenaban las estanterías. Aquí cada uno era de una.
¿De cuál eras?

Los libros de Los Cinco, de Enid Blyton: Julián, Dick, Ana, Jorge y el perro Tim, siempre metidos en algún misterio.

Las Joyas Literarias Juveniles: clásicos como Príncipe y mendigo o El capitán aventurero convertidos en tebeo.

La enciclopedia Maravillas del saber, nuestro Google de los 80.

La Biblioteca de los Jóvenes Castores, con Hugo, Paco y Luis. ¡La de cosas que aprendimos con ellos!

La guerra de los botones, El pequeño Nicolás, El Principito, La isla del tesoro... Solo te puedes releer uno.
Solo te puedes releer uno

La vendedora de fósforos, el cuento de Andersen que nos hacía llorar a todos.

Aquellos Cuentos azules de Toray, con sus ilustraciones de siempre.

Los libros de El Barco de Vapor, todos con su lomo naranja.

Los Hollister, la familia de aventureros que llenaba estanterías. ¿Algún fan en la sala?

Los Cinco en la caravana, de Enid Blyton. A ver cuántos fans tenemos por aquí.

Miguel Strogoff, de Julio Verne, en las Joyas Literarias Juveniles. Aventuras de las de antes, en viñetas.

La enciclopedia Dime de Argos, con sus tomos rojos: Dime por qué, Dime qué es, Dime dónde está... Antes de Google, las respuestas estaban en la estantería.

Momo, de Michael Ende, en la edición de Alfaguara. El libro que nos enseñó que el tiempo no se ahorra.

Los libros de Elige tu propia aventura: tú decidías cómo acababa la historia.

Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, en la colección La locomotora. Que levante la mano quien se lo leyó en el colegio.
Antes de internet, las respuestas estaban en la estantería del salón: enciclopedias por tomos, fascículos que se encuadernaban y libros de consulta que se heredaban. Para leer por gusto estaban las colecciones juveniles, que se compraban por números y se cambiaban entre amigos.
Las pandillas de aventureros, los libros en los que el lector decidía el final y los clásicos adaptados en viñetas hicieron lectores a toda una generación. Muchos de esos ejemplares, con el lomo gastado, siguen en casa de nuestros padres.


