La tele del salón

Papel pintado, mueble de madera y la tele presidiendo el salón. Cuando esto era todo un lujazo, se levantaba uno a cambiar de canal.

La tele de tubo en su mueble, el vídeo Beta, el viernes en el videoclub y el cine de verano.

Papel pintado, mueble de madera y la tele presidiendo el salón. Cuando esto era todo un lujazo, se levantaba uno a cambiar de canal.

La tele en su mesa de patas y, encima, el barco de adorno. Un clásico del salón.

La tele encima y el vídeo debajo, en su mesa con ruedas. El mueble más importante del salón.

La tele de tubo en su hueco, el equipo de música, el vídeo y los discos. Todo en el mismo mueble.

Tele, radio, casete y tocadiscos en un solo mueble. El centro multimedia de los 80, y hacía falta un camión para moverlo.

«¡Échate para atrás, que te vas a quedar ciego!». La frase que más se oía en el salón, y ni así nos apartábamos de la pantalla.

Sin mando a distancia, el mando eras tú: levantarse, girar la rueda y volver al sofá. Y si había que ajustar la antena, peor.

Llegabas del cole, dejabas la cartera y directo a la tele mientras la merienda se preparaba. ¿Qué programa no te perdías?

«VHS y Beta» en el letrero y los carteles de los estrenos en el escaparate. El viernes por la tarde, parada obligatoria.

Viernes, videoclub y la difícil elección de una o dos pelis para todo el fin de semana. Si la de estreno estaba alquilada, a por la de siempre.

En los 80, esto era nuestro Netflix: cintas rotuladas a mano, tres películas en cada una y el final de la última siempre cortado.

Las sillas plegables en filas, la pared blanca de pantalla y la noche de verano. Cómo se echa de menos.


