Copiar la frase cien veces

«No volveré a hablar en clase», una y otra vez hasta llenar la hoja. El castigo de siempre.

Copiar la frase cien veces, el boletín de notas, el plinto del gimnasio, los gusanos de seda y las notas de amor.

«No volveré a hablar en clase», una y otra vez hasta llenar la hoja. El castigo de siempre.

Página tras página con la misma frase. El castigo más temido.

La vara del profesor y las manos extendidas.

Cinco evaluaciones, con sus Bien, Notable y Sobresaliente. Y la firma de los padres.

Sujeto, predicado, complementos y las flechas por toda la hoja. Las clases de Lengua.

Una hoja de cuaderno, una pregunta y dos casillas. La declaración más directa de la historia, y casi siempre la llevaba un amigo.

Una hoja, unos puntos y a jugar con el compañero en clase. ¿Quién jugó a esto?

El tubo del boli sin carga y una bolita de papel. Algunos lo usaban hasta de regla.

La caja de zapatos con agujeros, las hojas de morera y a esperar a que hicieran el capullo.

Todos en bata blanca delante de la fábrica de Danone. Las excursiones a fábricas eran lo más.

Las excursiones del cole tenían su propio mapa de asientos y nadie tenía que explicarlo: los malotes al fondo, los profes delante y los que se mareaban, lo más cerca posible de la puerta. ¿Dónde te sentabas tú?

Espalderas, colchoneta verde y el plinto esperando con el trampolín delante. Ni El juego del calamar daba tanto miedo como cuando el profe de gimnasia decía «¡siguiente!». Y más de uno acabó sentado encima del plinto.

El plinto del gimnasio. Coger carrerilla y saltar, o quedarte sentado encima.

Espalderas, plinto, colchonetas y el potro. La pesadilla de muchos.

Chándal impecable, silbato al cuello y gafas de sol. El profe de gimnasia mandaba dar diez vueltas al patio y él miraba. ¿Alguien le vio correr alguna vez?

Con la cartera a la espalda y sin nadie de la mano: así íbamos al colegio. Nuestros padres se quedaban tan tranquilos. ¿Tú también ibas solo?

Pan con chocolate en la cocina, olor a colonia y los libros nuevos esperando el forro de plástico. Aquellas tardes de septiembre, tan sencillas, eran felicidad pura.

Tinteros, pizarras de tiza, forrar los libros o la vara del profesor. Hay cosas del colegio que hoy no se entenderían. ¿Cuál es la tuya?
¿Cuál es la tuya?

Las profesoras de antes imponían respeto solo con la mirada. Y con la permanente, también.


